Busco piso para mudarme. No quiero quedarme en el apartamento que compartimos durante el último año porque encierra muchos recuerdos, planes, hábitos. Además económicamente no lo puedo asumir sola. La búsqueda resulta frustrante y extenuante. No quiero aceptar un piso en malas condiciones o con personas inadecuadas solo porque estoy desesperada por irme del apartamento y no tener que ver más a mi ex. ¡Odio esa palabra, ex, me parece tan absurda e irreal! Acabo de encontrar algo que me acomoda pero aún no hallo al compañero de piso perfecto pues no me quiero mudar sola. Estoy cerca de estabilizar mi vida, lo sé, para correr, tengo que gatear y andar antes.
Emocionalmente me siento mucho mejor. Los ataques de pánico han cedido y ahora solo siento un miedo ligero, una presión más o menos intensa en la boca del estómago cuando llega la hora de que mis amigos vuelvan a sus hogares, o cuando me pienso comenzando una nueva vida en un nuevo apartamento. A veces me entran ganas de llorar, pero solo durante unos segundos. A veces me parece que todo es mentira y que él volverá. Me doy cuenta de que hay dos mecanismos fundamentales en juego aquí:
1. El miedo a estar sola, a vivir sola: Cuando estoy bajo circunstancias que hacen aflorar ese miedo me entran ganas de regresar con mi ex y como sé que no es posible me deprimo por la ruptura. La causa a atacar es el miedo a estar sola, no el dolor de la ruptura en sí mismo.
2. La negación de la ruptura: Durante las primeras semanas después del fallecimiento de una persona cercana a nosotros, tenemos la impresión de que esa persona nos tocará a la puerta en cualquier momento tal y como solía hacer. Negamos la ocurrencia de los hechos que nos duelen, nos aferramos también a las costumbres, por eso me descubro pensando en mi ex-novio o haciendo planes como si nada hubiera sucedido.
¿Cómo me enfrento a estas cosas? Cuando me doy cuenta que mi tristeza viene del miedo, trato de atacar al miedo, no a la tristeza. Inmediatamente me pongo a pensar en las cosas buenas que vivir sola me puede traer, me pongo a pensar en lo bien que me voy a sentir cuando vea que he sobrepasado esta etapa y que he logrado construir ese proyecto de mí misma que siempre he deseado. Ese es mi objetivo, esa es mi meta, ahí es a donde quiero llegar. Yo no quiero seguir teniendo relaciones de codependencia en las que sería capaz de aceptar cualquier cosa: golpes, abuso emocional, infidelidad solo para no tener que enfrentar el dolor de romper las ataduras. Mi vida hubiera sido muy miserable si esta etapa de liberación, esta etapa que pasará y dará lugar a otra más floreciente, no hubiera llegado. Pienso en este momento como si fuera un parto. Cuando venimos al mundo lo hacemos llorando, sufrimos ese instante traumático que es imprescindible para poder llegar a ese otro instante en el que disfrutamos de este don hermoso que es la propia Vida. Así que cuando me descubro negándome el hecho de que ya no estamos juntos y nunca lo volveremos a estar me repito a mí misma que es una reacción lógica, el síndrome del miembro fantasma, pero que no es la realidad, la realidad es diferente, mucho más hermosa e invitante. Es también el momento de hacer algo que no hubiera hecho si hubiera estado con él, es el momento de pensar en cambiar mis rutinas, mi apariencia, mis costumbres: es el momento de darme a la novedad y a mí misma.

No comments:
Post a Comment